Manuela «Loli»
Mayo Monterrey

Fecha de nacimiento

17/12/1935

Lugar de nacimiento:

Arroyo de San Serván
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Arroyo de San Serván
(Badajoz)

Loli entra en su casa como quien regresa a una patria de donde emigró por necesidad. Ahora vive en la residencia, y ha acogido con reservas la idea de trasladar nuestra charla al salón de un pasado que ya no visita, porque, como comprobaremos enseguida, nunca se ha resignado a resignarse.

Loli llegó al mundo en diciembre del 35, meses antes de estallar la guerra y, como tantas niñas de la  posguerra, tuvo una infancia al margen de las tristezas de los adultos, jalonada por el hambre, eso sí, pero feliz. Jugábamos con los platos que se rompían en casa, hacíamos casitas con los trozos. Con barro hacíamos cosas, una ollita, que luego los chicos nos estropeaban. Nos juntábamos en la plaza de la iglesia, las amigas y las primas, y jugábamos a la soga, al truco. Aquí no había luz eléctrica ni agua corriente, ni teníamos juguetes, así que nos íbamos pronto a casa. En el verano nos íbamos a la era y nos montábamos en el trillo… No teníamos nada, pero éramos felices.

Con quince años tuvo que dejar de estudiar, aunque hubiera querido ser maestra. No había manera de seguir si uno no tenía dinero, porque no había instituto ni transportes hacia la ciudad.

Poco después, rompiendo moldes, y contra el criterio materno, empezó a trabajar en la única farmacia del pueblo, la de Aurita, y se haría conocida por todos. Pobres y ricos, de izquierda y de derechas, todos me han querido siempre, porque a todos los he tratado por igual.

Al casarse con Antonio, un catalán que vino a nivelar los terrenos de la zona para facilitar su cultivo, tuvo que dejar el trabajo para dedicarse a criar al hijo que llegaría enseguida. Sin embargo, años más tarde, con el pequeño Antoñito ya algo más crecido, volvió a hacerse valer y se colocó en el dispensario de Don Miguel, el médico del pueblo. Su experiencia anterior en la farmacia

fue clave para que lograra el puesto. Todo lo cuenta sin darse ningún aire, casi casi como si fuera lo normal. En su porte, la elegancia convive con el frescor de una juventud innegociable, excepto porque el tiempo no negocia con nadie. Mis amigas de ahora, dice, son las hijas de las que lo fueron antes.

Tiene una placa junto a la ermita de Perales. Corrían los años sesenta cuando la bóveda se vino abajo. El cura y el señorito en cuyos predios estaba el templo se desentendieron de la restauración, lo que colocaba a la romería de la Virgen de Perales, la del pueblo, al borde de la extinción. Pero Loli, y tres mujeres más, se plantaron e iniciaron una campaña para recolectar fondos: montaron una obra de teatro, Dónde vas, Alfonso XII, tómbolas, y hasta una corrida de toros que resultó deficitaria porque la gente se saltaba: ¡Perdimos dos mil pesetas! Y, aún así, lograron suficiente para la reforma, y por eso a día de hoy sigue habiendo romería de la Virgen de Perales en Arroyo.

Y esa es mi vida, dice, acelerando el final de nuestra charla. Hay algo que la inquieta, como si tuviera algo pendiente y no quisiera que se le olvidara.

Loli se levanta y repasa los muebles con la mirada, los espacios vacíos, otrora llenos de vida y bullicio, y se deja mecer un momento por el silencio. Después acepta el brazo de su hijo para dejar atrás una vez más el escenario de su vida. Al poner un pie en la calle, el sol de noviembre barre la melancolía de su rostro y una leve sonrisa dulcifica su expresión severa. Por mucho que duela el paso del tiempo, es incapaz de dejar de disfrutar la vida.