Francisca
Gullón del Pozo

Fecha de nacimiento

20/08/1934

Lugar de nacimiento:

Otero de Centenos
(Zamora)

Lugar de residencia:

Higuera de Vargas
(Badajoz)

Francisca estuvo a punto de nacer en la era. Una tormenta sorprendió a su madre, cumplida y trabajando en la labranza, y la puso rumbo a casa justo antes de romper aguas. Eso fue en Otero de Centenos, provincia de Zamora, de donde su familia emigró a Extremadura en 1942, cuando la mayoría de la gente hacía el viaje a la inversa. De aquella infancia recuerda el día en que su padre, que había prometido llevarla a Bilbao con él, quiso despedirse incumpliendo su promesa. Me fui corriendo a casa de una vecina que tenía un burro, y el burro me empezó a rondar. Yo llevaba un traje de estrena, y con tan mala suerte que me caí en un barreño. ¡Un sofocón! Volvió llorando a la casa, pero no consintió darle el beso a su padre, y más de ochenta años después todavía tiene clavado ese engaño. Hay que tener cuidado con lo que se le promete a los niños.

Se establecieron en Barcarrota y abrieron un despacho de vinos, aprovechando que el hermano de su padre tenía bodega en Almendralejo. Llegaron cuatro hermanos, aunque dos más habían muerto ya en Zamora de una enfermedad que le decían la horri, y que empezaba como una infección bucal, probablemente el noma.

Recuerda el vaso de chocolate que le dieron en su comunión, y el pan con chorizo que preparaba su madre. En mi casa no hubo hambre, dice, convencida. ¿Por qué?, le pregunto. Porque siempre había para comer. Así de simple. Estuvo en el colegio hasta los doce. Su padre compró unas cuadras en Higuera de Vargas y las hizo casa, y se mudaron. En Higuera pasó, como toda esa generación, por la escuela de Antonia del Barco. Después, a los 14, su hermano mayor la reclamó para el mostrador de su despacho de bebidas, en Villanueva del Fresno, y allá que fue.

Era buena en matemáticas. Ella iba y venía de Villanueva a Higuera, y en esos ires y venires, conoció a Manolo. La casa de mis padres tenía un balcón que daba a la calle del Santo, y mi hermana y yo nos sentábamos a coser. Manolo pasaba por allí con la bicicleta cuando salía de trabajar y tocaba el timbre y nos decíamos adiós. Aquello era una ilusión. Esperaba ese momento con amor, como agua de mayo. Al casarse su hermano, ella regresó a Higuera, y no tardó en hacer lo propio con Manolo. Mi suegra tenía un poquito de tienda, pero nosotros compramos la casa de porcima y ya pusimos un comercio más en condiciones, con vitrinas y cosas de esas. Vendíamos de todo: zapatos para el campo, arroz, garbanzos, carburo, pinturas… No era frecuente ver a mujeres despachando en los negocios. A ella le gustaba el mostrador. Escuchó muchas confesiones y acompañó, sobre todo a las otras mujeres, en sus alegrías y sus tristezas, siempre a través de la escucha, nunca del juicio. Tampoco se metía donde no debía: Entre padre, hijo y hermano, que nadie meta su mano, es uno de sus refranes favoritos.

Eran años difíciles, pero no nos dejaron nada a deber, salvo una persona, pero sabíamos que estaba perdido, porque conocíamos el panorama. Pero, ¿cómo no le dabas pan a aquellos niños, y tocino y alguna cosita? Gracias a Dios que nosotros podíamos dárselo. No hemos sido nunca ricos, pero nunca hemos sido pobres. Hemos sido riquísimos en cariño.

A lo que más valor le ha dado ha sido al amor de sus hijos y de su marido. La unión de la familia. Siempre les estoy diciendo a mis hijos: cuando yo me muera no quiero que tengáis una riña por un quítame allá esas pajas. Que si hay que perder algo, se pierde y ya está. Que pallá no nos llevamos ninguna cosa.