Isabel
Chamorro Perogil
Fecha de nacimiento
26/02/1922
Lugar de nacimiento:
Fregenal de la Sierra
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Fregenal de la Sierra
(Badajoz)
En una casina chica de la calle de la Fuente, en Fregenal de la Sierra, nacieron los seis hermanos, cuatro varones y dos hembras. Isabelina, que después pasaría a llamarse Nina, como ahora la conoce todo el mundo en el pueblo, fue la tercera en nacer. Se crió en eso que a veces se llama humildad por no decir abiertame pobreza. El padre era taponero en la fábrica de los Contes y ganaba cuatro pesetas. La madre trabajaba en casa y lavando. Así, la mentalidad de Nina, ya desde muy pequeñita, se fue forjando como la de una trabajadora, no incansable, porque cansarse se cansaba, pero sí convencida de que el descanso es un lujo al alcance de unos pocos elegidos.
Conoció a Domingo en la plaza de Fregenal. El padre de él, su futuro suegro, tenía una tienda de cacharros allí, y el niño iba a jugar a la pelota a la puerta. Después, empezó a ayudarle en la tienda.
Fueron creciendo y se hicieron novios, e iban a los bailes, pero solo bailaba Domingo. Nina no. Tal vez sentía que estaba faltando en otro lugar donde había tareas por hacer que la esperarían hasta que llegara.
Y llegó la boda. Me casé con un velito en Santa Ana, y nos fuimos a casa a celebrarlo, nada más que los padrinos y dos o tres, porque como no había… Un plato de comida y una bandeja de dulces. Un amigo nos regaló un cuadro; otro, una silla. Pobre… el casamiento mío fue pobre. ¿Pero hubo alegría?, le pregunto. Hombre, claro, dice con orgullo.
Padre taponero, marido alfarero. Domingo abrió su propio taller de alfarería. Pasaba los días dejándose la vista y la espalda echado sobre el torno. Nina quiso aprender un día, para ayudar. Me metí entre la silla y el torno, me tropecé con una tabla y me caí, y no volví a intentarlo. Así que se conformó con ayudarle con
tareas auxiliares: ponía los cacharros al sol, los preparaba para pasarles la piedra y les hacía los motivos más sencillos o les ponía nombres. Pintaba los motivos de los platos para los niños, una A si se llamaba Antonio. Y después se iban a vender a los pueblos, a las romerías y las fiestas de la Virgen.
Poco a poco fuimos vendiendo, y prosperando. Llegaron los hijos: dos varones y una hembra. A veces iban al baile, en las fechas señaladas, pero Nina no se permitía un rato de descanso. No me gustaba la fiesta y, en cuanto podía, me escapaba para irme a trabajar. Siempre llena de barro. Mis hijos, si llegaba una feria, ahí estaba yo de noche pa aviarles la ropa, pa que pudieran dar una vuelta. Engracia, su hija, recuerda una frase que le ha oído cientos de veces cuando, al despertar antes del alba, se la encontraba trajinando: Me voy a la cama que me viene el día y estoy trabajando.
Y esa, a pesar de ser la característica que más la define, es también la espinita clavada. Ojalá hubiéramos tenido un poco más de dinero para que mi familia no hubiera tenido que trabajar noche y día. Es difícil hacerse una idea de la adustez y la austeridad en torno a la cual ha crecido su personalidad, pero me asomo a su comprensión cuando le pregunto, en un patio alicatado y salpicado de macetas frondosas, cuáles de esos tiestos son de su taller. Los más feos, me dice, sin vacilar y sin un ápice de sarcasmo. Pura funcionalidad: utensilios, no elementos de decoración.
Ahora, gracias a Dios, vamos tirando. Ni na tenemos, ni na me falta. Yo ya… esperando que Dios me lleve. Pero tampoco hay prisa, ¿no?, le pregunto. Hombre, contesta entre risas, prisa no hay.