Francisca
Sánchez Tena

Fecha de nacimiento

19/01/1932

Lugar de nacimiento:

Castuera
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Castuera
(Badajoz)

En un salón azul cielo vive una mujer de pelo de nube. No usa andador ni bastón, ni tiene más soporte que su gimnasia diaria y un fueguito que le arde en el pecho y que, a veces, le crece de golpe hasta convertirse en hoguera. Hija de un alcalde republicano, Francisca tenía cinco años cuando Basilio esperaba juicio, a caballo entre el campo de concentración de Castuera y la Prisión del Partido. En uno de esos traslados, cuenta, fue a visitarlo la esposa a pesar del peligro que ello entrañaba.

Gregoria, no vayas, que tú no sabes cómo está el mundo, le decían mis tías, pero ella fue. Y por el camino se encontró con una de esas que mandaban, y le dijo: «¿Vas por aquí a ver al canalla de tu marido? Pues seguro que ya no vuelves más». Al día siguiente, llegaron a su casa dos guardias y se la llevaron para hacerle «unas preguntas». Fíjate lo que sabemos de chicos, que nos agarramos a sus piernas, mis hermanos y yo. ¡Pregúntenselo aquí, que ella se lo dirá!, gritaban los mayores. Al final, a empujones nos quitaron. Y ya no volvió. Lo que se quiere a una madre, ya de chiquitita.

A Gregoria la fusilaron en Mérida. A Basilio, en Almendralejo. Así quedó huérfana Francisca, ella y sus siete hermanos. Confiscadas todas las propiedades de la familia, pasó descalza la mitad de su infancia, viviendo de la caridad y del Auxilio Social, soportando el escarnio público. A mí me llamaban las niñas —que las enseñaban sus madres—, «¡Roja, roja!». Yo salía corriendo y me escondía, y cuando encontraba a mis hermanas, me decían «Tú no les hagas caso». Pero sabes qué, yo no odio a nadie porque es lo que me enseñaron. Al revés. Lo que quiero es que eso no pase nunca más. Francisca mira entonces la tele, que está apagada, y parece verse a sí misma, famélica y desamparada, en las imágenes de los niños gazatíes que lleva grabadas en la

retina, y el fuego estalla y se convierte en lumbre. Y yo he visto a esos niños, que no les daban ni agua ni de comer, ¡en esa guerra!, que dicen que ha acabado pero que no ha acabado porque están muertos de hambre. Para mí eso es un dolor enorme. ¿Eso a quién le duele? A la persona que lo ha pasado. Y entonces la hoguera decrece y solo queda de vuelta el fueguito que alumbra un llanto quedo, porque Francisca siente una inmensa compasión por la niña que fue, a pesar de lo cual conserva recuerdos felices de aquellos años.

Jugar y jugar, colarse por el sótano de la Casa de la Condesa y subir al torreón con sus amigas a ver los espectáculos de la plaza; liarse cigarrillos de papel para fumar como sus hermanos; sentarse al brasero del Auxilio Social a ordenar alfabéticamente las cartillas de racionamiento; comer algarrobas de la calle Santa Ana; recitar en el teatro con sus hermanas para las autoridades de Badajoz: Marinero, marinero de mi amor. Vuelve pronto a tu casita, que te espero con amor. Si me quieres a mí, muy contenta me pondré, marinerito infiel.

Con solo 18 años, la trágica muerte de su hermana, madre de dos hijos muy pequeños, le cambió sus planes de vida. Yo no me quería casar. Yo lo que he querido desde chica es ser libre. Pero, ante el temor de que los niños acabaran en otra casa donde no los quisieran, aceptó casarse con su yerno. Después tuvo otros dos hijos, y a todos los crió como propios. Así es que por eso me casé, no porque yo tuviera ganas. Además, es que yo tenía en mí de ser siempre soltera y libre. Así que, ya de viuda, cuando veo a esas mujeres que están en las residencias y se casan mayores, digo, ¡ah!, conmigo no se divierte nadie. ¡Me divierto yo sola!