Modesta
Marín Buenavida

Fecha de nacimiento

12/05/1932

Lugar de nacimiento:

Aceuchal
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Almendralejo
(Badajoz)

La vida de Modesta es una sucesión interminable de jornadas de trabajo, una lucha incesante por la prosperidad de su casa y de los suyos. La cultura del esfuerzo y el culto al trabajo es sin duda una de las señas de su generación pero, en ella, estos valores se convierten también en una especie de terapia que le ha permitido forjarse una identidad y afrontar los reveses de la vida. Cuando una está trabajando, ya sea en Extremadura, en Madrid o en Bilbao, tiene los pies enraizados en el oficio y la mente ocupada en la siguiente tarea. Las tristezas, las nostalgias, los miedos… se ven obligados a esperar el final del turno y, para cuando eso llega, el agotamiento físico arrastra la conciencia hasta el mundo de los sueños, o tal vez, simplemente, al sueño.

Modesta nació en Aceuchal, entremedio de otros siete hermanos, hija de un bracero que sabía todos los oficios. A la escuela iba na más que un ratito por la mañana, porque por la tarde, ya de que teníamos edad para poder cargar con un niño, mi madre nos llevaba a trabajar a una casa, «adonde te haigas mujer», me decía. A los 14, llegó a Almendralejo para trabajar de niñera. Mi madre no sabía el trato que nos daban, nada más que a los quince días venía a cobrar, porque en casa hacía falta. Con 16, un matrimonio se la llevó a la Rinconada, en Sevilla, para cuidar de su hijo recién nacido, pero ella ya soñaba con otra vida, disfrutar de la juventud en el pueblo, así que se volvió un verano y se enamoró. ¿De quién? Me enamoré de Pedro Preciado López, sentencia con una lealtad tan viva, que parece estar dando en ese mismo instante el sí quiero en el altar.

Pedro se fue a Alemania, como tantos otros extremeños, y Modesta se quedó en la tierra con cinco hijos que habían ido llegando de seguido.

Un día pasó por delante de una casa en obras, en el barrio de las Mercedes, y la quiso para sí. Me acuerdo que estaba el chico poniendo el grifo, ahí mismo, dice señalando detrás de mí. Preguntó y le dieron señas del dueño. Esa misma noche se fue con la promesa de que la casa sería para ella: ni papeles, ni hipoteca, ni dinero. A Pedro no le gustó la compra. Estuvimos tres meses enfadados por correspondencia. Si una carta iba mal, la otra venía peor. Pero al final, Pedro acabó entrando por el aro y en las siguientes Navidades, al verla, reconoció que la casa le gustaba, y por fin firmaron las escrituras.

Retornado Pedro de Alemania, el panorama de Almendralejo no resultaba prometedor, así que emigraron a Bilbao. El día del Chorizo, en San Blas, nos llevó un chico a los siete en una furgoneta. Nos instalamos, y mis hijos fueron a dar una vuelta por el polígono industrial de Portugalete, y volvieron con trabajo en una fábrica textil. Hicieron vida y comunidad en un País Vasco sembrado de extremeños, hasta que Pedro enfermó y tuvieron que regresar. Modesta enviudó en 1980. Cabeza de familia, se dedicó en cuerpo y alma al trabajo para poder sacar adelante a los suyos. Trabajó en hoteles y casas de la alta burguesía y la nobleza como cocinera, siempre muy solicitada, pero la vida todavía le tenía reservado el más duro golpe que una madre pueda recibir. Me quedé hundida cuando murió mi hijo, con 33 años, pero yo tenía compañeras que me abrazaban. Me ponía a fregar la loza y se me caían las lágrimas. Parecía que aquello no me iba a pasar a mí, pero me pasó. Modesta no se quiebra ni un instante. Dame la fotografía que se la enseñe, le pide a la nieta, y posa con ella con el porte majestuoso de una Piedad de Miguel Ángel.