Victoria
Sánchez Espinosa
Fecha de nacimiento
06/06/1921
Lugar de nacimiento:
Casas de Don Pedro
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Casas de Don Pedro
(Badajoz)
Arrimada a una pequeña camilla, en el centro de un salón de tonos ocres, Victoria espera en el único sillón de la estancia. Pegadas a las paredes de gotelé color crema, se alinean sillas de madera y mimbre que irán ocupando, a lo largo de la tarde, integrantes de cuatro generaciones en su visita diaria a la matriarca.
En la televisión, un novillero da unos pases de pecho sin que nadie le eche cuenta. Victoria levanta la mirada y me observa con esos ojos, que son como el sol reflejándose en dos glaciares, expectante. He venido a conocerla, Victoria, le digo. ¿Y qué le parezco?, me pregunta con una mezcla de chulería y guasa. Yo le contesto que muy bien, claro. Eso me gusta a mí, que agrade yo a los que vienen a verme.
Sobre la mesa, un librito y unas gafas. Sí, le gusta la lectura. No, ahora ya casi no lee. Aprendió en casa con una cartilla, y así, cuando después fue a la escuela, duró poco, porque sabía más que las maestras. Después, leyó todo lo que cayó en sus manos, le gustara o no le gustara. Eso sí, siempre con cuidado de que su padre no la viera leer. Cuando él venía, yo hacía así, dice escondiéndose el libro detrás de la espalda. Así era la vida antes. Si no estaba leyendo, estaba jugando al corro de la patata o a la comba. Recuerda con especial cariño cuando iban en familia a soltar a las bestias al campo. Se sentaba en una silla y vigilaba que los animales no invadieran el sembrado y se comieran el grano.
Cuando llegó la guerra, la familia huyó a refugiarse a una finca cerca del pantano de Orellana. La gente decía: ¡Ya vienen los fascistas por Pela!, y echamos a correr. Los hombres hacían incursiones al pueblo por la noche para evitar que las tropas entraran en las casas y saquearan los hogares. En la finca, trabajaron ayudando al dueño a llevar los productos de la huerta
a Castilblanco, de donde era oriundo. Íbamos y veníamos con la mercancía, con un burro y unas aguaeras de esparto, mi hermano, mi padre y yo.
Cuando pudieron regresar al pueblo encontraron la puerta rota y la casa desvalijada. Victoria recuerda el suelo lleno de papelillos, que resultaron ser los cientos de recibos acumulados por su madre en años de compras.
La vida es muy larga de contar, me dice, un poco impaciente por llegar al final de nuestra charla. ¿Qué más quieres que te cuente? Levanto la vista y miro alrededor. En ese salón de diez metros cuadrados hay ahora trece personas además de nosotros. Grandes y pequeños, todos miran a Victoria con una devoción extraordinaria. Presentes están sus tres hijas y varias generaciones de descendientes. En la televisión, el novillero se despide de un tendido medio vacío. Después de la guerra conoció a Obdulio, unos años mayor que ella, un señor, según sus propias palabras, con el que se casó y tuvo un hijo y tres hijas. Además de las tareas domésticas, Victoria ayudaba en las faenas del campo, como en la recogida de aceitunas y de garbanzos. En las Navidades y la Semana Santa le gustaba cocinar algo especial para toda la familia, pollo de corral y sopa de menudillo para Nochebuena, y potaje, tortillas, bacalao, natillas de huevo y gachones para el Viernes Santo. En su cocina, con los efluvios de los guisos se mezclaban las voces de Juanito Valderrama, Manolo Escobar y Carmen Sevilla.
Un refrán, le pido, y ya la dejo. Ella me vuelve a enfilar con esos ojos de océano reflejado en un espejo y dice, muy seria: De la calle vendrá, y de tu casa te echará. Todos ríen aunque el rostro de Victoria permanece serio, y yo tengo la impresión de que, ahora sí, ha llegado la hora de despedirse.