Presentación
González
Lugar de residencia:
Monesterio
(Badajoz)
Cuatro muñecas jalonan la vida de Presentación. Una vez vino la feria al pueblo, pero mi madre tenía luto por su hermana y no podíamos ir. Yo quería una muñeca y le di tanta lata que me dijo «Toma una peseta y vas tú a por ella». Hace una pausa y sonríe, y el azul aguamarina de sus ojos, de natural oscuro, se vuelve más claro y límpido, como si la inocencia de aquella niña la atravesara. A los tres días lo metí en el agua para lavarlo como se lavaba a los chiquillos. Yo no sabía que era de cartón, y me quedé sin él. Y mi madre me dijo: no lo hubieras lavado, otra cosa no hay.
Hoy, la mayoría de padres o madres echarían a correr para comprar otra muñeca con el objetivo, legítimo, de aliviar el sufrimiento de su hija, pero Presentación no está de acuerdo con eso. Piensa que la facilidad con la que ahora se obtiene o se repone aquello que deseamos, le resta valor. Por eso, la siguiente muñeca, como en un cuento de los tres cerditos, se la hizo con materiales más resistentes: cabeza de trapo y pelo de lana de colchón, lo que le valió el sobrenombre de «la cabezona». La fabricó con sus propias manos, porque a los ocho años ya había aprendido a hacer bolillos y a coser, solo que nunca había tenido a su alcance los materiales. Me da mucha pena que todo eso se haya perdido. Es muy duro lo de antes, que las madres no tengan para darle de comer a sus hijos, en ese sentido estamos mucho mejor, pero se ha perdido el cariño.
Cuando Presentación volvía de la escuela, siempre tenía una tarea en casa: barrer o fregar. Y jugar, añade. Así que estaban jugando al truque en la calle mientras barrían en casa y, de vez en cuando, salía a preguntar si le tocaba. Y me decían, no todavía no, y yo entraba y le daba dos barrisconas más a la casa. A los trece tuvo que dejar la escuela y entró a despachar en el almacén de materiales de su padre, un albañil que a fuerza de
trabajo había ido progresando hasta poder abrir su propio negocio, y que durante la guerra había sido encarcelado por luchar por lo que hoy tenemos, para que estemos todos bien, dice Presentación señalando una foto en la que su padre posa junto a su hermana. A ella la mataron con 20 años. ¿A quién le habría hecho daño, pobrecita mía? Nada más que por los ideales.
Conoció a su marido un año después, con 14, corriendo como chiquillos parriba y pabajo, y llevan juntos desde entonces. Con 18 consiguieron que les dejaran ir a la feria de San Marcos, en Calera de León, eso sí, con carabina. En la tómbola, Presentación solo tenía ojos para la muñeca del premio. Había que componer la palabra María, pero el boleto de la A nunca salía. A última hora, echó una peseta más y le tocó. Volvió a casa botando de alegría con la muñeca, conectada por ese hilo invisible con la niña que ocho años antes había metido en el agua a su pepón.
Después llegó la boda y las infancias de sus hijos, y la vida puso en su camino a los niños y niñas saharauis. Fue socia fundadora de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Monesterio, y la suya fue familia de acogida durante veinte años. El tercero, allá por el año 80, llegó al pueblo Ahmed, un niño afectado por una parálisis provocada por una vacuna en mal estado. Venía para dos meses, como todos, pero ya no se fue. Estaban repartiéndolos entre las familias y cuando lo vi, yo miré a mi marido, y ya supe que se quedaría con nosotros. Ahmed trabaja ahora en la panadería que fue el negocio paterno.
Y aún tenía que llegar otra muñeca: la que le trajeron los reyes, ya de mayor, negrita y hecha de tiesto, sentada en su sillita, y que me enseña con la ilusión de la niña que un día consiguió que la dejaran ir a la feria, con una peseta, a comprarse una muñeca de cartón.