Maruja
Hernández Castilla

Fecha de nacimiento

21/08/1939

Lugar de nacimiento:

Los Santos de Maimona
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Almendralejo
(Badajoz)

Cuando a Maruja le preguntaban qué quería ser de mayor, ella respondía que señorita. Las señoritas de mi pueblo estaban sentadas detrás de las ventanas, las de Ovando, las de Murillo, sin dar un palo al agua. Luego se iban a la playa todo el verano y, en invierno, a las Canarias. Y mira, al final lo he conseguido, porque ahora me puedo ir a la playa y a las Canarias… con el Imserso. Dios me lo concedió, dice entre risas, a la vejez.

Maruja habla con una mezcla de poderío y humildad que solo está al alcance de quien no olvida de dónde viene. Es divertida con un punto gamberro. Siempre fui la más espabilada del colegio, aunque está mal que yo lo diga. Tanto era así que en verano le daba clases a sus compañeras, y les cobraba no sé si una perra o un real. Pero tiene una espinita clavada: Hubiera sido maestra si mi padre no me hubiese prohibido ir a estudiar a Mérida.

Cuando Maruja tiene 18 años, su padre, un zapatero con trece obreros a su cargo, muere, y la economía familiar sufre un revés muy fuerte. Su tratamiento contra el cáncer había generado unas deudas enormes. El taller cerró, los obreros se establecieron por su cuenta, y en casa de Maruja tuvieron que reinventarse. Maruja, en la que se mezclaba una profunda inquietud y una visión innata para los negocios, advirtiendo que en la pensión de enfrente no daban abastos para acoger a los trabajadores de la vendimia, le propuso a su madre que adaptaran la casa como fonda para recoger el excedente de huéspedes. Para tener más sitio, dormíamos todas, mi madre, mi hermana y yo, en la cama de matrimonio de mis padres, y mi hermano en una cama turca a los pies. Después se dio cuenta de que si, además de darles cama, les daban comida, el beneficio aumentaría considerablemente. Y así comíamos todas y teníamos hasta para darle a un pobre.

Por aquel entonces, conoció a Melchor en el matiné de una feria de Santiago. La sacó a bailar y se enamoró de ella. Se casaron tres años después. Melchor se marchó a Bilbao para aprender alta joyería, y yo estaba loca por salir del pueblo, así que nos casamos y fui detrás. Me pasaba el día en la calle, porque el primer hijo no llegó hasta el año, así que me apunté para ser practicante. Aprendí a poner inyecciones con una naranja. Pero cuando se enteró mi marido, me dijo que de eso ni hablar, que el dinero lo ganaba él, y tuve que dejarlo. ¡Ay, si fuera hoy! Le doy bastonazo y lo dejo esperando otro, dice interrumpiéndose de nuevo por las risas. Borra eso, no lo pongas, que va a decir la gente que qué violenta es la vieja.

Al regresar a Extremadura, abrieron un taller joyería en Almendralejo, en un local pequeño que después cambiaron por otro mucho más grande. Él era un joyero buenísimo, le hizo la medalla de Guernica a Franco, y trabajó para los reyes, pero la que compraba y vendía era yo. La que sabía si había dinero o no había dinero era yo. Mi marido no fue en la vida a un banco. Maruja no perdía ninguna oportunidad. En las vacaciones familiares en Mazagón vendía a las otras turistas tanto que pagaba el mes allí y me traía dinero de vuelta. Una vez ingresaron a mi hermana y yo me quedé con ella, y mi marido me tenía que traer género todos los sábados al hospital porque me lo quitaban de las manos. ¿Y qué es lo más importante para ti? La familia, contesta sin dudar. Lo único que quiero es que se lleven bien y estén unidos siempre, y el día que yo no esté, que digan, vamos a juntarnos, que la mama nos estará viendo.