Antonia
Durán Conejo
«La Jatera»
Fecha de nacimiento
10/08/1943
Lugar de nacimiento:
Fregenal de la Sierra
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Fregenal de la Sierra
(Badajoz)
En la Plaza Colón hay una ventana donde llaman los jateros cuando cuelgan las alpargatas. Vente a cenar con nosotros, le dicen a Antonia la Jatera. Pero si son las diez y todavía tenéis que ir a casa a ducharos. Yo ceno aquí y después me voy a tomar las copas con vosotros.
Miles de muchachos y muchachas de todas las edades han aprendido con ella a bailar jota extremeña. Hasta trescientos llegamos a tener de golpe mi compañera y yo. Los últimos a los que he enseñado eran los nietos de los primeros.
Antonia creció en Almonaster, Huelva, donde su padre guardia civil estuvo destinado, pero mi madre venía a parir a Fregenal, aclara, porque somos muy del pueblo. Así, ella nació en 1942 en la misma habitación donde ahora duerme.
En Almonaster fue la primera mujer en fumar, la primera mujer en llevar minifalda, y hasta la primera en entrar en un bar, cuenta con orgullo y una sonrisa pícara, pa beberme una copa de aguardiente fiá, y pagarla al día siguiente con el dinero que me daba mi madre pa la compra. Ríe, y sus ojos, azul cobalto, centellean hacia la plaza. No es difícil comprender de qué se enamoraría Macario, once años más joven que ella, cuando la familia de Antonia regresó al pueblo.
La primera vez que se hablaron, Macario venía de ver La lozana andaluza en un cine de Badajoz. Estaban comiendo una caldereta en un bar y Macario la contó entera a los presentes. Antonia lo bautizó esa noche como Rampín, que así se llamaba el primo de la lozana, y Rampín se quedó para los restos, que a veces le decían Macario y ni atendía.
La gente le decía, Antonia, a ver si os casáis, y ella les respondía, A ver si crece, que es mu chico.
Y Rampín insistía, Antonia, vamos a casarnos, y ella, que frisaba ya los cuarenta, le respondía, ¿Cómo me voy a casar contigo, chiquillo, si me vas a tener que sacar al sol?
Pero al final hubo boda, ella con 44 y él con 33. Es lo mejor que he hecho yo en la vida: el casarme con él. No reñimos nunca, nunca, nunca. Al principio decía yo que pa qué, si estábamos bien de novios, pero después fue completamente diferente. Tenía yo un apoyo… que me hacía una falta ahora…, dice mordiéndose el labio, y ensombreciendo el azul de sus ojos hasta tornarlo marino, porque qué mala es la soledad. A mí no me gusta la soledad. La que tú eliges, vale, pero la que te impone la vida…
Antonia no está sola: tiene Fregenal en la palma de una mano; lo que pasa es que en la otra le falta el tacto de los dedos ásperos del corchero. No tuvimos hijos porque él no quería. Yo decía que me daba igual. Con él me valía. Porque, cómo iba yo a pensar que se iba a morir antes que yo.
Su recuerdo más bonito fue en mayo de 2013, cuando Rampín y ella fueron mayordomos de Santa Eulalia, en Almonaster. Él ya estaba malito, dice, pero tuvimos suerte porque fue en un tiempo de mejoría. Antonia llevaba un traje de flamenca azul como sus ojos y una peineta verde esperanza; Rampín, vaqueros y cazadora, acaso consciente de que su compañía en ese corto trayecto, desde el público hasta el lugar donde les esperaba el hermano mayor con la vara, no necesitaba ya de más artificio.
El día que murió, por la tarde, me dice: ven, que estoy pensando que lo mejor que he hecho en mi vida es ser mayordomo de Santa Eulalia, y digo, anda, yo me pensaba que ibas a decir que haberte casado conmigo. Bueno, pero eso ya lo sabías, me contestó. Me encantó, que dijera eso. Nos abrazamos los dos también. Eso, pa mí, fue lo más bonito.