Isabel
Vélez Martínez

Fecha de nacimiento

12/07/1934

Lugar de nacimiento:

Almendralejo
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Almendralejo
(Badajoz)

Isabel tiene bordada en el alma una pena muda, que no secreta, porque ojos y oídos, los hubo. La luz de la mañana entra por el ventanal y refulge en su piel blanca. Ella mira hacia afuera y los árboles del parque la saludan, meciéndose al compás del viento, y después callan de repente, porque saben que hay un silencio a punto de quebrarse.

Isabel cuenta su infancia: la pequeña de seis, con una madre enferma, era la primera de la escuela y soñaba con ser maestra. A los trece, la enfermedad sobrevenida de uno de sus hermanos complicó aún más la situación familiar y económica, y tuvo que renunciar a su vocación. Me resigné, dice, porque una veía lo que había y no pedía lo que no podía ser.

A cambio, empezó a estudiar bordado y enseguida se empleó con sus maestras y después en un taller. Mis compañeras me odiaban, porque yo era ligera y poco habladora, por tímida, y ellas lentas y dicharacheras, y al final yo era la que más cobraba.

A los dieciséis, encontró a su madre muerta en el patio de la casa. Salí a barrer la puerta y volví un momento adentro, porque había olvidado el recogedor, y allí me la encontré tirada. La muerte ya sobrevolaba a su madre años atrás, por lo que la pena del duelo tuvo que compartir el corazón de Isabel con la desesperación del luto. Manga larga, medias y velo negro: agosto de 1950 en Almendralejo. Se escapaba a la calle Carreras, y de ahí a la plaza de Abastos, toda de negro, para estar con sus amigas un rato.

¿Y después? Después me puse de novia y me casé. ¿Con quién? Con Antonio. ¿Y cómo era Antonio?

Isabel lleva en una mano el bastidor de la memoria y en la otra la aguja de su voz. Hoy está decidida a quebrar el silencio, así que borda el relato de su cárcel y su calvario. 

Antonio me dio muy mala vida, contesta con la voz firme y tranquila. Su matrimonio fue una prisión cuyos muros eran los celos, las adicciones de Antonio y la violencia psicológica y económica.

No me dejó ni ir a la comunión de mis hijas, las tuvo que llevar mi hermana, ni a los funerales de mis familiares, que después se enfadaban conmigo.

Intentó separarse, pero una amenaza rotunda de muerte la hizo desistir. Sé que me hubiera matado.

Todo lo que ganaba, se lo gastaba. Para nosotros, nada. Iba de negocio en negocio. Lo seguimos hasta Sanlúcar. Allí teníamos un vecino que le quería regalar una paloma a mi hija pequeña. Un día, desesperada, fui hasta él y le dije: la paloma esa que le quieres regalar a la niña, mátala y dámela con un puñado de arroz, que mis hijos y yo no tenemos para comer. La mayor, Maricarmen, al enterarse, le mandó todos sus ahorros y poco después nos recogió a toda la familia en su casa.

Dios quiso que al final pudiera disfrutar un poco de la vida, y se lo llevó. Hace veinte años que Isabel es viuda, y ha sido para ella como volver a nacer. Quedar con sus amigas, viajar, vivir tranquila con su hija. No le he rezado ni un padre nuestro, porque no se lo merece.

Entonces, respira hondo, mira al parque y sonríe. Tiene una sonrisa preciosa que raciona como el sediento condura el agua de lluvia que ha recogido en el cuenco de sus manos. Nunca le había contado esto a nadie, dice. Gracias, dice. Y la luz del sol, los árboles del parque, y el viento que los mece entran en tropel a abrazarla y a admirar la palabra libertad que Isabel ha bordado en el bastidor mientras hablaba.