Dionisia
Andrino Cardenal
Fecha de nacimiento
15/07/1932
Lugar de nacimiento:
Almendral
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Almendral
(Badajoz)
Yo tenía cuatro años, pero fíjese que me acuerdo como si fuera ahora. Fuimos aquella noche, mi abuelo, con una manta, y yo. Yo quería mucho a mi padre y le llevaba un vaso grande lleno de yema batida. Y llegamos y dijeron: «No está, ha ido a Badajoz, a unas preguntas», y lo habían matado ya. Nos fuimos para atrás con todas las cosas. Y aquel vaso estuvo allí, encima del mostrador del comercio de mi madre, qué sé yo, unos días, hasta que lo tiramos.
A Dionisia la guerra civil la dejó huérfana de padre, pero dice que aún puede verse subida a sus hombros, camino de casa de sus abuelos. Y si cierra los ojos y evoca el recuerdo más duro que le han dejado sus 93 años de vida, lo tiene claro: El pensar que mi padre no existía. Qué pensamiento tan complejo para una niña, y qué simbólico del camino que sus pasos seguirían después. Pero en Dionisia todo está hilado: todo conduce a ese salón del Hogar de Nazaret en Almendral, rodeada de fotografías de don Luis Zambrano, estampas y libros, como uno que descansa en una mesita de apoyo y en cuyo lomo puede leerse: «El Dios en el que no creo». Dionisia no cree en un Dios que no esté al servicio de los demás.
A los 14 años ingresó en la Institución Secular Hogar de Nazaret, y desde entonces se ha dedicado al cuidado de ancianos, niños y personas con discapacidad. Badajoz, Lobón, Olivenza, Brozas, Almendral, y muchos más destinos. La directora me decía, recoge tus cosas que mañana te vas a tal sitio, y yo hacía un rebujo con la ropa y me iba feliz.
¿Y quién la cuidaba a usted? La expresión de Dionisia es la de quien no entiende la pregunta. Usted pasó su vida cuidando a los demás pero, ¿a usted, quién la cuidaba? Ah, no sé… Dios.
Le digo que cierre los ojos de nuevo, y que piense en cuál ha sido el momento más bonito de su
vida. Al principio no lo encuentra, porque ella ha hecho siempre lo que debía y, cuando una tiene una misión, las preferencias pasan a un segundo plano y, con el tiempo, se diluyen por irrelevantes. Pero entonces le llega una imagen y una sensación, ahora sí, de amparo y de amor incondicional: Yo era feliz cuando caí mala y mi madre me cuidaba y me arreglaba la cama. Y tiene sentido, claro, ese cuidado recibido en el origen de su camino. Dionisia contrajo la fiebre tifoidea con 10 años. Estuve malísima, para morirme. Pero su madre y su vecina la alimentaron con plátanos y naranjas batidas que su madre, extraperlista obligada a cerrar el comercio tras el asesinato de su marido, conseguía en Badajoz, solo para ella. Ahora que, después de recuperarme, me comía cuatro meriendas todos los días, en casa de mis abuelos y de mi tía, y después llegaba a casa, y cenaba.
¿Y le gustaban los bailes? ¿Bailar? No. Yo iba a la plaza a ver tocar a la banda, y lloraba por la emoción, pero no bailaba. Su espiritualidad la llevaba a encerrarse en su cuarto para rezar, aunque todavía no tenía la edad. Y cuando mi hermano quería entrar, mi madre le decía, deja a tu hermana, que está haciendo gimnasia. Se ríe, y con su risa transmite la calma de una vida plena, en contacto constante con el dolor de los otros, pero imbuida en la conciencia de estar haciendo lo que está en su mano para aliviarlo.
¿Y no siente que se le ha quedado nada por hacer? No. Yo estoy haciendo la voluntad del Señor, y ya está.