Mª Concepción
Pajares Cruz

Fecha de nacimiento

18/06/1923

Lugar de nacimiento:

Torre de Miguel Sesmero
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Valverde de Leganés
(Badajoz)

Un jirón de nube blanca, bandera de paz de la tarde, ondea sobre el cielo inmenso que arropa la dehesa. Bajo una encina, tras un cercado de tablones grises, tres cerdos hocican en el barro, mientras un milano los observa con displicencia desde su atalaya, en lo alto de un poste. Lo que para muchos es paisaje o estampa, para María son útiles de trabajo, y a la vez compañeros de vida.

Buenos días, le digo al entrar. Si la sartén chirría, me contesta, todo su rostro una sonrisa pícara. Un canario canta eufórico en un rincón de la estancia, que es cocina y es salón. Arropada con la enagüilla, observa expectante, más de cien años con la capacidad de asombro intacta, el despliegue técnico de las cajas de iluminación. ¿Ahí me vas a meter a mí?, pregunta arrancando ya las primeras risas. Siguiendo la broma, alguien le dice: «Abuela, que te van a entrevistar por vieja». Ella arruga el ceño: ¿Por vieja?, pregunta. «Por sabia», le digo yo. Ah, es que ya los años están aquí y son muchos, pero la cabeza no se ha ido.

Nació y creció, junto a su hermana Petra, en Torre de Miguel Sesmero. Allí aprendió de su padre los oficios del campo, y también a leer y a escribir. Le encantaba correr y jugar al aro o a las pajas, pero su puntería la hizo destacar en el chito, un juego que consistía en derribar un tubo de hierro o de lata desde bien lejos, lanzándole un disco, también metálico, que las más de las veces se cambiaba por una piedra plana o un trozo de teja. María adoraba aprender en la escuela, y a los 12 años, al terminar la etapa de las maestras, fue enviada a Badajoz a un internado gracias a su excelente rendimiento. Pero unas fiebres la obligaron a regresar al pueblo para ser cuidada por sus padres, Tomás y Narcisa —¡Mira qué nombre más feo!, dice entre risas—, y ya no regresó. Poco después conoció a

Adolfo, quien la llamaba Mariquilla, y con el que se casó y tuvo una hija. Iban juntos a los bailes, aunque a él no se le daba bien. Mis amigas y yo nos reíamos de los pisotones que nos daban. Petra ya se había casado, así que decidieron iniciar juntas un nuevo proyecto de vida. Conocían a la persona que se encargaba de gestionar los arrendamientos de las fincas por la zona de Barcarrota y ello les permitió, aunque no eran naturales de esa comarca, acceder a una de ellas: El Chaparral, ubicada en la carretera de Valverde de Leganés. María asumió las labores propias de la casa y la crianza de su hija, y le sumó todas las de los hombres: alimentar a los animales, limpiar las cuadras, ordeñar… Para pagar el arrendamiento en esos años de carestía todos los esfuerzos eran pocos, así que María empezó a criar pavos para su venta. También recogía algodón, dos surcos mientras los hombres recogían uno.

Y, a pesar de la dureza de la vida, tuvo tiempo para el amor. Adolfo era un hombre buenísimo. Entraba los sábados por la puerta y decía: ¿Dónde está la mi María? No me acuerdo de reñir con él, dice mientras destellan dos luceros en sus pupilas oscuras. El canario aletea en su jaula e interrumpe repentinamente su trino, como para acompañarla en su evocación.

Se abre la puerta y entra un aire frío que  quiebra el instante. Antes le falta la madre al hijo, que la helá al granizo, suelta, refranera. «¿Cuál es su refrán favorito?», le pregunto. Del toro manso me libre Dios, que del bravo me libro yo, sentencia, y vuelve a reír con esos ojos profundos y vivos, como hormigueros del alma, que la hacen parecer a punto de tirarle al chito y echar a correr.