Manuela
Carmona Gonzalo

Fecha de nacimiento

05/02/1920

Lugar de nacimiento:

Campanario
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Mérida
(Badajoz)

Entre libros y plantas, Manuela hace inventario de manos tendidas y consuelos tácitos. Su historia no encaja en ningún molde, como ella. Va a hacer 106 años en unos meses, y su risa es la de la niña más pícara de la clase. Sabe dónde duele el hambre, y también cómo se cura; ha visto el odio vestido de todos los uniformes. Cuando Picasso pintó el Guernica, dijo Ahí he estado yo. Fue a la salida de un refugio antiaéreo, después de un ataque de la aviación republicana a la recién conquistada Campanario por los sublevados. Cuando nos fuimos a casa, íbamos saltando para no pisar los muertos: no mires pallá, no mires pacá.

Pasó la guerra sin dinero y sin padre, con una madrastra enferma y obsesionada en borrar la memoria de su madre biológica, y dos hermanos pequeños. Al padre, guardia civil, se lo llevaron el mismo 18 de julio a Quintana de la Serena y tardaron tres años en saber de él. Antes de irse, le dejó a su esposa una autorización para que pudieran sacar dinero, pero Manuela, que era la encargada de hacer todos los recados debido a la indisposición de su madrastra, no llegó a saber del papel. Así que, sin una peseta, fuimos tirando con mi costura; mi hermano se metió a guardar mulas, que no las había visto en la vida, y luego le regalaron una pareja de conejos, y fue la gloria.

Al poco de terminar la guerra, recibieron noticias de su padre. Les mandaba un paquetito con dinero y recado de que aún tardaría dos semanas en regresar. Cuando llegó a casa y dio la noticia, se pusieron locos de alegría. ¡Al fin podrían comprarse unos zapatos! Pedimos un burro para ir a Don Benito a comprarlos. Íbamos los tres hermanitos, tan contentos… Pero al volver, un carro conducido por unos soldados ebrios, los arrolló e hizo caer al burro por un terraplén, y Manuela, que iba montada, se rompió una pierna.

Llegamos a Villanueva, yo con la pierna colgando, y me dijeron que no podían arreglarlo. Un poco más adelante, se encontraron con dos médicos y un boticario que conocían a la familia, y les ofrecieron llevarlos hasta Campanario para tratarla. Pero como antes vivíamos de otra manera, tenía que ser todo tan puntual porque se criticaba, pues yo pensé: ahora llego yo al pueblo y me ven con tres hombres, ¿y qué dirán? Y me aguanté. Y al final me lo compuso una mujer, me puso ahí un cacho venda, y se curó.

A pesar de haberse visto despojada de todo, de su casa, de sus pertenencias, de su padre, al inicio de la guerra, cuando cambiaron las tornas, Manuela fue sensible al sufrimiento de quienes habían sido hasta entonces sus rivales. Al principio, las mujeres decíamos: ¿A quién le tocará esta noche? Luego entró Franco, y lo decían las otras. Algunas que mataron, pobrecitas, tenían siete hijos.

La memoria de Manuela es pródiga en detalles, y la elocuencia de sus razonamientos solo rivaliza con la de sus silencios. Muchas veces obramos sin darnos cuenta, a veces sin querer, solo que no me gusta hacerlo por odio y por venganza. Pero también te equivocas.

Sabe que es difícil sustraerse a la atracción de la venganza, pero también que es posible. Cree que alguien tiene que ser capaz de parar la espiral de violencia, y que ahí, cada uno es responsable de sus actos y decisiones. 

Había una señora a la que le habían matado dos hijos. Terminada la guerra, llegó uno a su casa y le dijo, señora, traigo mucha pena, pero vengo a decirles quiénes mataron a sus hijos, y la señora le respondió: mis hijos ya no vuelven, así que plántate en la calle y arregla tus cosas. ¡Qué pocas hubo de esas!