Ana
Romero Vargas

Fecha de nacimiento

24/07/1924

Lugar de nacimiento:

Puebla de la Calzada
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Montijo
(Badajoz)

Las finas hojas del pimentero peruano se mecen con la brisa de la mañana y proyectan un caleidoscopio de sombras sobre el banco de hierro en el que espera Ana. Empuña el bastón con el brazo extendido y mira al frente como lo haría una condesa que contemplara sus dominios. Pero su voz, alegre y melodiosa, troca solemnidad en cercanía, y construye a nuestro alrededor un espacio de intimidad que nos aísla del bullicio de la residencia. Aquí me vine sola un día. Yo vivo ahí, en la calle del Pozo Alto. Mis hijos se enfadaron y to, dice, riendo. Así es Ana, una mujer resuelta, alegre, dicharachera, una verdadera contadora de historias que hila una tras otra. Cuando llegó la guerra ella tenía doce años. Me acuerdo de un que señó tenía un comercio de hilos y agujas… y se lo tiraron a la calle, y se lo llevaron una noche a matarlo. Y él se hizo el muerto entre los montones de trigo, y se escapó. Y de que pasó la guerra vino; vino, y la novia se había casado con otro, con un falangista. ¡Oh, madre mía!, lo que pasó el muchachito aquel.

Su madre, como tantas mujeres que sufrieron la guerra y la privación de sus hijos, acabó internada en lo que entonces se llamaba un manicomio. Su padre era zapatero, y el alzamiento acabó también con su medio de vida. Él le hacía las botas a la gente grande. Y cuando vino aquello, se lo tiraron to. Se quedó sin trabajo, con ocho hijos, fíjate. Mi madre nos hacía un caldito con trigo molido y cortezas de jamón. No había aceite, no había pan. Una vez su hermana y ella recibieron el encargo de ir a Portugal a por pan. Traíamos dos panes grandes, nos montamos en el tren, y el revisor nos quitó el pan y nos echó abajo. ¿Y cómo volvíamos? Pues caminando por la vía, diez horas. Y de que llegamos, ¿y el pan? El pan se lo ha comido otro, ¡sinvergüenza!

Todas sus historias terminan con una risa que te reconcilia con el mundo. Uno quiere que le cuente otra, aunque sea igual de triste, solo para escucharla reír de nuevo. Un día fue a pedir a casa de una señorita. La criada intentó despacharla, pero la señorita la escuchó y la hizo pasar. Estaba la costurera con ella, y dice la señora: Ave, mídele que le vamos a hacer un vestidito. Y me hizo un vestidito y me compró unas zapatillas. Me acordaré de esa señora toda la vida. Con ocho años empezó a servir cuidando niños poco más chicos que ella. Después fue cocinera y blanqueó casas, hasta que conoció a José, ganadero, y se casaron y se fueron al campo unos años. Allí tuvieron tres hijos. Y le digo a mi marido un día: ¿no sabes que nos tenemos que ir al pueblo? Y dice ¿Por qué? Nosotros estábamos bien allí, nos daban matanza y todo. Y digo: Porque los niños necesitan escuelas. Y nos vinimos pa Montijo, y estudiaron, dice con el orgullo de quien ha sido capaz de saltar un abismo con su prole agarrada de la mano, solo para ponerlos a salvo del otro lado.

A mí no me gusta esta vida, mire usted, dice, de repente. La gente no se casa, se junta, los niños no están bautizados. Nosotros éramos muy pobres, pero estábamos tos bautizaítos. He trabajao mucho, he pasao muchas penas, y digo yo, ¿por qué estoy yo aquí, tantos años? Me dice mi hermano: Nos vas a llevar a tos, y entonces vuelve esa risa gamberra que le entrecierra los ojos y le quita ochenta años de encima. Vamos a ver al loro, me dice, que nada más que me quiere a mí.

No, no necesita ayuda, ni para levantarse ni para caminar. Con ese mismo bastón con el que se vino a la residencia por la calle del Pozo Alto, le basta y le sobra para poder seguir moviéndose por un mundo que ha hecho suyo a base de coraje y resistencia.