Eugenia
Corchado Aparicio

Fecha de nacimiento

08/04/1925

Lugar de nacimiento:

Alburquerque
(Badajoz)

Lugar de residencia:

Barbaño
(Badajoz)

Eugenia reposa plácidamente en su mullido sillón y mira a la cámara con una dulzura que desarma. Dentro de esa mujer pequeña hay una montaña que me observa en mi trasiego, igual que la cumbre contempla al montañista, desembarazándole de una prisa que no sirve ni para alcanzarla ni para comprender su grandeza.

Eugenia nació en Alburquerque, y de su época escolar recuerda las canciones republicanas que le hacían cantar, Somos chiquititos y mañana creceremos, y en voz alta diremos, ¡viva la libertad!—, y cómo estas desaparecieron de pronto al estallar la guerra, silenciadas por los estallidos. Cuando entraron las tropas franquistas, el pueblo entero se echó a los campos, y su familia se refugió en la huerta de una tía. A los pocos días, alguien le recomendó a su padre que volviera al pueblo y colgara del balconcillo un trapo blanco, tal vez para dar muestra de acatamiento del nuevo orden, tal vez para evidenciar que la huida no había sido definitiva, y así lo hizo, y poco después pudo regresar toda la familia. Allí hicieron vida, conviviendo con el espanto de una sociedad dividida entre la necesidad de salir adelante y la consumación de algunas atrocidades que se quedaron grabadas en sus ojos adolescentes, pero que no nombra. En esos tiempos conoció a Jesús, trabajador del campo, y poco después marchó a Badajoz a trabajar para don Jesús Lopo, tío de Luis y Carlos Pla, diputado de las cortes durante el reinado de Alfonso XIII y, en esos años en que Eugenia empieza a servir en su casa, representante regional de Tabacalera. Y este sería un hecho que le cambiaría la vida, porque a los 28, el señor recompensaría sus servicios prestados con una licencia de estanco que, por entonces, solo se concedía a las viudas de guerra.

Así se convirtió Eugenia en la estanquera de Barbaño, donde se estableció con su marido Jesús y sus dos primeros hijos. 

Una zona de la vivienda se destinó al estanco, y otra a alojar la centralita telefónica de Barbaño. Eugenia se convirtió en una mujer muy conocida y querida por sus vecinos. 

Todo esto me ayuda a comprenderlo José Manuel, el tercero, que habla de su madre con una devoción y afecto entrañables. Mientras él pasa las páginas de un fotolibro homenaje que él mismo le confeccionó, Eugenia le mira desde la montaña que habita, y su respirar es como el viento que acaricia la cumbre, ora helada, ora bañada por el sol del mediodía.

Háblame de tu marido, qué te gustaba de él, le digo, y ahí brotan de su ladera manantiales de amor cristalino, que son remedio y a la vez también herida. Me gustaba todo. Lo veías a simple vista y decías, oye, es un hombre serio. Pero hablabas con él y te entraba al corazón y no podías dejarlo. La viudedad fue un golpe muy duro, porque la suya fue una relación de compañerismo, cariño y complementariedad, y no es fácil seguir adelante sin parte de una misma.

Me siento orgullosa de haber sido una mujer trabajadora, dice a cámara en una entrevista que José Manuel me muestra en su teléfono, y que le hicieron para homenajear a las mujeres colonas. 

¿Y no se le ha quedado nada en el tintero?, le pregunto yo. No sé, creo que nada, dice. ¿Y si tuviera 20 años de nuevo, qué haría? Pues a lo mejor lo mismo, contesta con la sencillez de la roca y la tierra, pero también del cielo que casi acaricia con su cúspide, toda ella montaña.