Isabel
Lima Viera
Fecha de nacimiento
20/08/1931
Lugar de nacimiento:
Higuera de Vargas
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Higuera de Vargas
(Badajoz)
Cuando empujo la puerta de hierro de la entrada, la casa está sumida en una oscuridad densa que parece fruto de un conjuro de soledad y olvido. El pasillo, angosto y lleno de desniveles, conduce a un salón de camilla y orejeros de skay. Al punto, se enciende una luz ambarina que ilumina a una mujer enjuta de tez rojiza y ojos como hendiduras hechas en un tocón de encina. En su voz hay guijarros de río y su respirar es trabajoso, pero su sonrisa es puro agradecimiento por la compañía repentina. Ofrece una casera. Bebe agua de una taza. No necesita ni tres minutos para construir la primera postal de su historia. Hija de un guarda de la finca Cofrentes de Silva, muy pequeña le acompaña a Jerez a cobrar. Siempre me compraba cositas, dice, con la mirada fascinada de la niña de campo que entra por primera vez en el comercio. Le gustaba mucho la golosina a mi padre. Ella también es golosa, confiesa entre risas.
Durante la guerra, no pasó miedo. Mi madre sí que lo pasaría, pero venía a por el pan al pueblo, por la carretera y por la caseta, todos los días. Los chiquillos nos poníamos detrás de la puerta a oír la radio a ver qué decían. ¿Qué puerta? Pues la de la casa donde había una radio, digo yo.
Fue a la escuela de Antonia del Barco, maestra que hoy da nombre a la biblioteca del pueblo, pero la quitaron a los ocho años. Qué pena tengo de no haber ido más, dice con rabia. Y así fue creciendo, ayudando en lo que podía en la finca, echándole de comer a los guarros, o guiando a las bestias pa trillar la mijina de era, allí en el cercado, hasta que un buen día, ya de moza, fue a una boda, y en el baile se echaron el ojo Gabino y ella. El tío de él, Jaime, los vio y le auguró buen futuro a la pareja, y así se ganó el papel de padrino. Tras diez años de noviazgo, se casaron. Lo celebramos en la casa de la calle Santa
Polonia. En el convite comimos de todo. Había una señora que se llamaba Obdulia, que cocinaba divinamente, y la hija, Isabel, que estaba soltera, ayudaba a la madre: caldereta, rosas, roscos, perrunillas. Recuerda con deleite los pasodobles que tocaban Serafín, el cartero, y Amador, dos músicos de la banda municipal. La música la mece por un instante: ¡Cómo repiaba yo! Y eso que mi marido era poco bailador.
Ella siguió trabajando en el cortijo del amo: Don Manuel Falcón y Álvarez de Toledo, duque de Fernando Núñez, marqués de Bivona, recita de carrerilla, porque su memoria parece ahora poder llegar a los más recónditos lugares de su pasado. La luz que ha ahuyentado la oscuridad ha espantado también el silencio y los guijarros de su voz, que ahora fluyen con la corriente. Como no había lavadoras, lavaba la ropa en un cucharro de madera que después se echó a perder y convertimos en una artesa. Tampoco había radios, hasta que un buen día llegó el Congu, un buhonero especializado en transistores que las vendía por los campos, montado en su bicicleta, y le compraron una.
Tuvo tres hijos y una hija, y si cierra los ojos y piensa cuándo ha sido más feliz, dice que al pensar en ella, por lo buena y sencilla que es. Qué ratito más bueno estoy pasando, dice con una expresión de agradecimiento que quiebra el alma. Salimos a la calle para hacer una foto. De camino, se detiene frente a un espejo y, de detrás de un marco de fotos, saca un peine marrón que pasa por su precioso cabello, color de cuarto creciente. Con dificultad, apoyada en su bastón, sortea los escalones y desniveles hasta la calle, y, allí, posa con la dignidad de una cariátide a las puertas de su templo.