Piedad
Lázaro Cabezas
Fecha de nacimiento
13/06/1920
Lugar de nacimiento:
Usagre
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Usagre
(Badajoz)
Estaba en el cuarto de hacer el pan, dice Piedad con media docena de estrellas engastadas en sus ojos de noche fresca, lo recuerdo como si fuera ahora, y llegó mi padre y me preguntó qué quería hacer yo. Pues casarme, le dije. Yo quiero estar con él.
Piedad tenía 15 años; Antonio, 22. Se marcharon una mañana de primavera del 36. En la huerta de Usagre, donde vivía con su familia, dejó a sus hermanas Josefa y Sofía, y a su hermano José. Los recién casados se asentaron en Montemolín, donde Antonio, guardiacivil, había sido destinado, pero decidieron viajar hasta Murcia porque Antonio quería que sus padres conocieran a su mujer.
Y, de camino, en Madrid, les atrapó la guerra. La noticia de la muerte de Onésimo Redondo lespilló en Atocha. Por la megafonía de la estación llamaron a acuartelarse a los militares de la zona. Antonio acató la orden y Piedad quedó varada, con quince años y un puñado de sueños descabezados en el banco del tren correo del que acababa de bajarse. Allí mismo, en el andén, la recogieron las mujeres de otros militares al cabo de las horas, como se recoge un gorriato herido de un ala.
Los años de contienda fueron un peregrinar por los destinos de su marido (Zaragoza, Guadalajara, Ariza, Luzón), de cuartel en cuartel, siempre en primera línea del frente. Piedad, una niña aún, se encerraba en su habitación. Los disparos, las explosiones, los gritos, la aterrorizaban. Para conjurar sus fantasmas, se llevaba un cuenco de aceitunas y un pedazo de pan a la cama, y así pasaba en vela las noches. Hasta la mañana en que le comunicaron la muerte de Antonio.
Piedad regresó a Usagre viuda, con diecisiete años. Llevaba la mirada prendida, como un alfiler, en un pañuelo negro, y los oídos ahítos de estallidos y llantos.
Los tres primeros años de luto los pasó encerrada en su habitación, igual que había estado en el frente. Pero una buena mañana comprendió que debía inventarse una nueva vida, y pidió permiso a su padre para estudiar peluquería en Madrid.
Así, después de obtener su título, abrió su propia peluquería en Usagre y, tras cuatro años más de duelo, descubrió que su delirio eran los bailes en el salón de Camilo. Primero con su hermana Sofía, después con Josefa, que también enviudó joven y con la que compartiría todo en adelante, vio cómo los muchachos hacían cola para bailar con ellas. Viuda de un soldado muerto en el frente, independiente económicamente, Piedad pudo disponer de una libertad con la que pocas mujeres soñaron en esos años.
Le apasionaban los adelantos tecnológicos. Fue de las primeras en tener en Usagre máquina de coser, radio, teléfono, televisión, tricotosa. Hasta compró una máquina de escribir Hispano-Olivetti con la que se empeñó en que todos sus sobrinos, con los que ejerció de segunda madre y que a día de hoy la llaman Madrina con devoción, aprendieran mecanografía.
Todos se portaron muy bien conmigo, dice al aire, agradecida, como si de su tez blanca y de su pelo de plata no emanara una luz cegadora que hipnotiza a los presentes; como si en su voz de fino vidrio soplado junto al mar no habitara una dignidad inquebrantable, toda ella humildad, pureza y fuerza.