Joaquina
Caballero Macías
Fecha de nacimiento
14/12/1929
Lugar de nacimiento:
San Vicente de Alcántara
(Badajoz)
Lugar de residencia:
San Vicente de Alcántara
(Badajoz)
A Joaquina no le sale la voz del cuerpo, pero sus ojos brillan con el fuego de una mente que se conserva lúcida y de un corazón que solo ha sabido querer a los suyos. Sentada en su silla de ruedas, conectada a la máquina de oxígeno, me mira y por un momento creo que quiere ofrecerme un café y unas bolluelas, invitarme a sentarme junto a la lumbre, aunque no estemos en el hogar donde crió a su familia, sino en la residencia de su pueblo. A su vera, Chele, su primogénito, que es capaz de leerle los labios porque la historia de Joaquina está escrita, literalmente, en su lengua materna.
La mediana de tres hermanos, tenía cuatro años cuando su padre los abandonó. Ángela, su madre, con un trastorno mental sin diagnosticar, era incapaz de cuidarlos sola. Sin embargo, si Joaquina cierra los ojos e intenta evocar un momento feliz, piensa en ella, antes de que se la llevaran al Hospital Psiquiátrico de Mérida.
Era una mujer muy poderosa, dice con una voz que es como una nube dentro de un tarro de mermelada. «Ella nos ha contado muchas cosas», dice Chele, «como que a veces cogía el arroz del racionamiento, y en vez de cocinarlo, se la encontraban plantándolo en alguna calleja». Qué mente bella para encontrar un entorno de cuidados debió de ser la de Ángela.
Su tía Paca se hizo cargo de Joaquina, y Joaquina a su vez hizo de cuidadora de sus primos, que eran más pequeños que ella. Pudo ir a la escuela, y le encantaba leer, aunque nunca aprendió a escribir bien. Recuerda los bailes y a sus amigas, y a pesar de las tristezas y privaciones, tiene un recuerdo feliz de su juventud. Yo cantaba muy bien, dice, orgullosa, como el tío Agapito.
Después conoció a José y se casaron. ¿La luna de miel? Sí, al campo, a trabajar después de la ceremonia. José se empleó en la finca Medios
Millares, en Cáceres, y allí formaron la familia a la que fueron llegando dos niños y una niña.
«Nos criamos en chozos sin luz ni agua», cuenta Chele. «Pero yo pude empezar EGB dos años antes porque mi padre me había enseñado a leer y a hacer cuentas a la luz del carburo, mientras mi madre hacía la cena en la lumbre».
Después, cuando el mediano tuvo que empezar el colegio, dos años después que Chele, Joaquina hizo la maleta y se fue con ellos al pueblo. «Prefirió sacrificar el estar con su marido a diario antes que dejarnos a nosotros solos sin sus cuidados», dice Chele, «creo que proyectaba en nosotros sus recuerdos de infancia, cuando ella y su hermana y hermano lo pasaron tan mal, y decidió que se dedicaría en cuerpo y alma a nuestro cuidado».
Puede que en ello también tuviera mucho que ver la muerte de su primera hija, con un mes, de meningitis. La recuerdo tumbada en la cama, llorando, dice Joaquina, con impotencia pero haciéndose entender, con el dolor aún prendido del nimbo de su voz.
Una vida entregada al cuidado de los suyos. Sólo viajó a Madrid a ver a sus hijos cuando vivían allí, «pero eso es algo que sí le hubiera gustado hacer de joven si la vida hubiese sido de otra manera», concluye Chele utilizando una de las expresiones que siempre le escuchó decir a su madre.
Resistencia y lucha por la mejora de las condiciones de vida de la siguiente generación: esas son las banderas en las que Joaquina cree y a las que dedicó, y aún dedica hoy, su existencia.