Sacramento
Galindo Acevedo
Fecha de nacimiento
17/05/1921
Lugar de nacimiento:
La Morera
(Badajoz)
Lugar de residencia:
Badajoz
Por el barrio de San Roque va una mujer empujando un carro de helados. Todo lo ha hecho con sus propias manos: los helados y el carro. La flanquean dos niños que, de cuando en cuando, gritan los sabores y ayudan a dar los barquillos. A recoger el dinero no. Eso siempre lo hace Sacra.
Sacramento siempre tuvo buen ojo para los negocios. Heredó de su padre la octava parte de una buena finca en La Morera. Las otras siete, las heredaron sus hermanos. Uno a uno fueron vendiendo su parte a los potentados del pueblo, hasta que solo quedó Sacramento que, además, tenía la parcela del centro. «Sacramento, que vamos a hacer el trato», le dijo uno de los señoritos. Ah, no, de eso nada. Esta finca se la he vendido yo ya a uno de Zafra. Los compradores entraron en pánico y buscaron a alguien de la familia que intercediera, pero nadie conocía al de Zafra, y Sacramento no soltaba prenda. «Todos mis tíos habían vendido su parte por diecinueve mil pesetas», me cuenta Antonio, su hijo, por teléfono desde Bilbao, que se presta a completar parte de la historia de Sacramento, «y mi madre les sacó veintiuna mil. El de Zafra ni existía, pero gracias a esas dos mil pesetas más pudo pagar la entrada de la casa en San Roque. Arrendó un camión de un rico del pueblo, y nos fuimos para Badajoz».
Antes de eso, en La Morera, Sacramento y su marido habían regentado un comercio. Eran los años cuarenta, y la gente no podía pagar lo poco que tenían en la tienda. Unos ofrecían una docena de huevos, otros un poco de aceite, pero nadie dinero, que era con lo que ellos debían pagar las facturas. Al final, todo era fiado, hasta que tuvieron que echar el cierre. El marido marchó a Badajoz, como funcionario de prisiones, y Sacramento le siguió meses después, tras la venta del terreno.
Había aprendido a hacer helados viendo a una tía suya, así que compró los ingredientes, fabricó un carro, y se echó a la calle. Sus helados eran famosos en toda la ciudad. Fue entonces cuando le llegó por primera vez la oportunidad de vender la casa en la que vivían y comprar otra, y comprendió que esa era una buena manera de ganar una pequeña comisión e ir viviendo cada vez en mejores condiciones. Por eso, con el tiempo acabó vendiendo 17 casas, y mudándose otras tantas veces. «Durante la mili», cuenta José, «hubo dos veces que vine de permiso y no sabía dónde vivía».
Pues no me importaría saber conducir, le dijo Rosario un buen día a su gestor. Y este le contestó con las palabras que ella necesitaba para lanzarse de cabeza: A que no eres capaz. «Se tomaba tres o cuatro tilas todos los días, pero se lo sacó», dice José. A sus 58 años, Rosario obtuvo el permiso de conducción y se compró un seiscientos blanco. En 1979 no había muchas mujeres empresarias que condujeran su propio coche por las calles de Badajoz. Tal vez ella fue la primera.
Sacramento es ahora un huracán de mujer. Sentada en el sillón de la residencia donde vive, con una luz dorada acariciándole sus rizos blancos y grises, y un movimiento de manos propio de una oradora innata, no de atril y púlpito, sino de corro, lumbre y plaza, me cuenta a borbotones los pedazos de pasado que aún se aferran a su memoria y que, a fogonazos, se convierten en presente. Hemos sido una familia muy grande, muy buena y muy trabajadora. Y hacíamos los mejores helados del mundo.