Maricarmen
del Barco Miranda
Fecha de nacimiento
04/06/1936
Lugar de nacimiento:
Llerena
(Badajoz)
Lugar de residuales:
Ribera del Fresno
(Badajoz)
De un cajón saca tres álbumes de fotos y uno de recortes, y los deja sobre la colcha rosa de la cama. Me siento en el borde y los ojeo. Los primeros son un muestrario de los miles de niños que estuvieron a su cargo en más de cuarenta años de trabajo. El último, una miscelánea de escritos de agradecimiento de sus compañeras, oraciones, artículos y documentos. Maricarmen vive en una habitación pequeña y luminosa, como ella. Todas sus posesiones caben en un armario de dos puertas. A sus 89 años, parece dispuesta a empezar mañana mismo una nueva vida si se lo piden. Yo he estado contenta con lo que he tenido siempre. No he ambicionado ni más ni menos ni nada, dice sin un ápice de duda.
La tercera de diez hermanos, nueve hembras y un varón, creció en un hogar lleno de primos y primas; tíos y tías; amistades, y trabajadores de los negocios de su padre. En nuestra casa cabía todo el mundo.
Mi padre siempre quiso que nosotras pudiéramos trabajar, y así compró una máquina de punto, abrió una librería en el bajo de la casa y montó una imprenta en la trastienda. Eran trabajos femeninos que nosotras podíamos hacer en una época en la que ninguna mujer trabajaba fuera de casa. Después llegaría la agencia de seguros y el taller de reparación de radios. Todas pequeñas empresas que debían servir para sostener a una familia cada vez más grande. Hasta que un infarto lo fulminó. Las hijas salieron en medio de la noche a llamar al doctor. ¡Por Dios, venga, dese prisa! le gritaban desde la calle. «Dejadme que me vista, pedía el hombre». Con 48 años, Antonio del Barco dejaba viuda y diez hijos, y un puñado de negocios que nadie sabía cómo funcionaban. Cada una arrimó el hombro como pudo. Maricarmen había crecido ayudando a su tía Concha en el Hogar de Nazaret, ubicado junto a la casa familiar en la calle
Corredera, así que marchó a la Casa Tutelar de menores que la Institución tenía en Olivenza. Después, ya consagrada, pasó por la aldea de Villareal, y, con solo 28 años, la nombraron directora del Mediopensionado de San Roque, en Badajoz, calle López de Tovar, 26, dice de carrerilla, un colegio con comedor para niños de familias pobres. Pero cuando murió mi tía Concha, me llamaron de vuelta a Llerena. Los traslados es lo que siempre me ha costado más, pero al final te adaptas. Allí fundó la guardería en la que trabajó durante treinta años. Lo que más me gustaba eran los niños: darles de comer, jugar con ellos, reírme con ellos, ver cómo avanzaban. Una vez, estaba yo sentada en la mesita, y me dice uno: «Señorita, si mi madre se muere, eres tú mi madre». Fíjate qué vería en mí el chiquillo. La colma el agradecimiento que muestran los padres de aquellos muchachos. Hay uno que, cada vez que me ve, me dice, «A mi hija le enseñaste tú a hablar». Ella tiene ya una buena colocación, pero el padre me lo sigue recordando. Y eso te llena.
Maricarmen combina el inconformismo que la lleva a luchar por un mundo mejor, y una actitud de agradecimiento constante ante la vida. Todos los días, al levantarme, lo primero que hago es dar gracias a Dios por mi familia. La indignan la guerra y las injusticias, y no es ajena a la actualidad: ¿Adónde están dispuestos a llegar por un trozo de tierra? ¿Y no hay nadie que les pare los pies?
Entonces, agarra el bolso y el bastón y se incorpora con dificultad. Ven, que te voy enseñar el taller donde trabajan las «niñas», dice con el orgullo sereno de quien sabe ha puesto su grano de arena en la inexorable montaña del bien común.