Victoria
Manzano Romero

Fecha de nacimiento

20/01/1937

Lugar de nacimiento:

La Haba
(Badajoz)

Lugar de nacimiento:

La Coronada
(Badajoz)

A Victoria la separaron de su familia con dos años. Su madre se la cedió en virtud de una figura de adopción denominada «de por hija», a un hermano suyo, jefe de Falange, que no había logrado tener descendencia en sus 16 años de matrimonio. Victoria quedó así desligada de la suerte del resto de su sangre. O de la mala suerte, porque el padre había sido requisado en Agudo por el bando republicano, y hasta allí le siguió esposa y tres hijos, todos menos Victoria. Terminada la guerra, ambos, padre y madre, pasaron por la cárcel, el uno para acabar fusilado en Mérida; la otra, para establecerse en La Coronada, donde volvió a reunir bajo su techo a los tres niños que había repartido al ser encarcelada. Pero un buen día, con 5 años, su tío la cogió de la mano y se la devolvió a su madre. «Ay, Leocadia», le dijo, «que la Francisca dice que está embarazada, y no quiere más que lo suyo, y te la traigo de vuelta». Así, como si fuera un moisés que no se va a usar más porque la niña se ha hecho grande. «Pues déjala», le contestó mi madre, «que la rebanada la parto para cuatro en vez de para tres». Y así volvió Victoria con su sangre, y conoció por primera vez el hambre del bando perdedor. Imagínate, yo comiendo con mi tío ná más que conejos, porque él iba a todas las fincas a cazar, y mis hermanos, los pobres, pasando necesidades. A los 8 años empezó a trabajar cuidando a un niño, pero no podía ni con él, famélica que estaba. Eso implicó que tuviera que dejar la escuela. Mi madre no quería, porque ella le daba mucha importancia, pero la madre del niño me pidió para el día completo, y me subió a nueve pesetas y la merienda. Y ya no paró de trabajar hasta su jubilación. De ahí, a Don Benito. Allí ganaba yo cuatro duros y dos permanentes al año, una por San Bartolo y otra para la feria. Un día, su cuñado le presentó a un mozo en la

puerta de casa. Poco después se pusieron de novios y Victoria encontró trabajo en Barcelona, sirviendo en casa de los condes de Belloch. No quería que me fuera, pero al final me acabó acompañando a la estación de Magacela, él con la burra y mi madre al lado. En Barcelona conoció otro mundo. Tenía un cuarto para ella y sus tareas, y encontró un mueble lleno de las novelas de Corín Tellado. Me las llevaba a mi habitación y al planchador, porque la señora nunca pasaba por ahí. Un día, su hermano, que ya se empezó a hacer el politiquillo, le encargó «La rebelión de las masas», de Ortega y Gasset. Victoria quiso leerlo antes de enviarlo, y lo tenía en el planchador. Y esa señora, que nunca venía a nuestros dominios, vino ese día y vio el libro. Y por la noche, cuando íbamos de una en una a hacerle la reverencia a los señores, que tenían tres años más que yo, se me queda mirando la señora y le dice al marido: «Perico, ¿no sabes el libro que está leyendo Victoria?». El duque, pasmado, le preguntó si era de izquierda o de derecha, y yo, haciéndome la ignorante, que era ignorante, pa qué voy yo a decir que era yo ninguna sabia, le dije que de izquierda avanzada. ¡Madre mía!, con los tapices que había allí de Alfonso XIII a tamaño natural.

Al cabo de los años, volvió al pueblo y se casó, y peleó lo que pudo por que sus hijos estudiaran; y la familia prosperó. Mi marido estaba ganando dinero y me permití el lujo de comprar una tele y un frigorífico para hacer polos para mis niños, y se venían todos los muchachos de la calle a ver los dibujos.

Hemos vivido una vida mala, pero después la hemos vivido buena. Es difícil trazar una línea desde aquel día en que su tío la dejó con su madre, y el presente, pero Victoria acaba de hacerlo con un pulso firme, y el carisma de una auténtica contadora de historias.